Quién administra el servidor
Ayer decidí montar el diario reflexivo de mi equipo en un subdominio propio. Tenía todo a favor: sé programar, tengo el servidor y en una tarde estaría funcionando. Avancé bastante —el esquema de la base de datos, los permisos, el control de acceso— antes de detenerme en algo que no había mirado: estaba diseñando el espacio donde Juan Alejandro y Yenny Andrea iban a enunciar. Yo administraría el servidor donde ellos escribirían. Yo decidiría el tamaño del campo de texto, quién puede corregir y qué queda registrado.
Castro-Gómez (2007) plantea que el ideal de la investigación crítica «ya no sería el de la pureza y el distanciamiento, sino el de la contaminación y el acercamiento» (p. 89). Yo venía leyendo esa idea como una exigencia de cercanía, y me sentía cómodo cumpliéndola: no soy un investigador distante de su campo. Pero el problema de anoche no era la distancia. Era la asimetría dentro de la cercanía.
Lo que se me movió fue esto: había entendido las relaciones de poder en la construcción de conocimiento como una cuestión de disposición —escuchar, dialogar, incluir— y no como una cuestión técnica. Arribas Lozano (2020) pide «desaprender la autoridad, los automatismos y los privilegios vinculados a nuestra posición» (p. 249). Automatismo es la palabra exacta. Yo no decidí tener más poder que mis compañeros: se me iba a dar solo, por el camino más corto, porque era el que sabía hacerlo.
El desplazamiento no es anecdótico, porque mi investigación doctoral tiene exactamente esa forma. El macroproyecto de perfilamiento articula a más de 170 maestrantes que aplican, en ocho nodos territoriales, instrumentos en cuyo diseño participé. Cada campo de esos formularios decide qué puede decir un docente sobre su propia práctica, igual que el campo de texto que yo iba a dimensionar anoche.
Ya había encontrado que el ítem P7 condiciona la práctica pedagógica a los recursos «disponibles en la institución», y que ese enunciado convierte una carencia institucional en un déficit del sujeto. Lo había leído como un problema de redacción. Ahora lo leo como una decisión de arquitectura, del mismo tipo que la mía. La diferencia es la escala y la reversibilidad: mi decisión sobre el diario afectaba a dos personas y podía deshacerse en una tarde; la del instrumento ya se aplicó a 2.520 docentes.
Preguntas que emergen
¿En qué momento del diseño de un instrumento se decide quién puede aparecer como competente?
¿Puede la Cibernética de Segundo Orden, que declaré como marco epistemológico en mi propuesta, dar cuenta de esto, o solo me permite observar que observo, sin preguntar quién me dio el servidor?
Si la horizontalidad se configura antes de declararse, ¿qué habría que rediseñar en el macroproyecto antes de la siguiente aplicación, y quién tendría que estar en esa conversación?